- Sábado 27 de Junio: Bunbury en el teatro del Liceo (Barcelona)
- Martes 30 de Junio: U2 en el Nou Camp (Barcelona)
- Del jueves 2 al domingo 5 de Julio: Festival de Roskilde (Dinamarca)
- Sábado 11 de Julio: Festival Sonisphere en el parque del Fórum (Barcelona)
No espero demasiado del primero (concierto de rock + teatro = sólo le saldría bien a Eric Clapton). Del segundo, espero un buen espectáculo, que será mejor conforme más retrospectivo se plantee (ni he escuchado siquiera el último disco, ni tampoco es que me interese demasiado...). De todas formas tengo muchas esperanzas. Lo mejor viene al final. Lo de Roskilde promete, y muchísimo. No en vano es uno de los festivales más masivos y antiguos de Europa. Así que confío en que los técnicos de sonido hagan bien su trabajo y no arruinen lo que espero sea una grandiosa experiencia. Nine inch nails, Slipknot, Down, Faith no more, 2manyDJs... la lista es larga hasta aburrir. Sonisphere es el nombre que han elegido para uno de los "festivales" metal más potentes que se recuerdan en España (con permiso del Metalway). Básicamente Metallica serán los reyes del cotarro; pero el resto del cartel no desmerece, en especial Mastodon, con su flamante y magnífico Crack the Skye, uno de los grandes discos del 2009. Segunda sesión de Down y Slipknot, también. Veremos (y oiremos).
En algún momento entre los 10 y los 12 años me enganché irremediablemente a la que sería a partir de entonces una de mis mayores aficiones. En los inicios con algún vinilo, después con desgastados y sucios sonidos en cassettes, originales o grabados directamente de la radio (creo que aún podría encontrarentre mis cosas un cassette con la grabación de un especial de Plásticos y Decibelios acerca de Queen, que se emitió en el segundo aniversario de la muerte de Freddy Mercury), más tarde con los CDs y actualmente con los reproductores de mp3. Desde entonces he escuchado miles (y esta vez no exagero) de grupos, decenas o cientos de miles de canciones, de todos los estilos, de todas las épocas. He vivido y vivo la música con una enorme pasión (una pasión comparable a la horrible frustración que me produce el ser incapaz de generar nada mínimamente decente con un instrumento musical), y un ejemplo claro y evidente es este espacio de la red. Después de tanto tiempo y tantos sonidos almacenados, tanto material donde elegir, puedo afirmar que ha habido escasísimos casos en los que me he podido identificar como fan incondicional de un artista. Metallica es casi el único ejemplo de este tipo. Entendí su mensaje, volví tras sus pasos y comprendí su obra como un conjunto, como un auténtico legado y una referencia inexcusable. Hace diez u once años no podría haber aspirado a escribir una crítica medianamente objetiva acerca de un disco de Metallica. De hecho, ni siquiera lo habría intentado. Pero todo eso quedó atrás.
Se convirtió en pasado. Los fans de Metallica fuimos cruelmente maltratados, despreciados y apaleados; escuchamos boquiabiertos el lamentable espectáculo de Reload, tuvimos que aguantar el despreciable comportamiento de Lars Ulrich y compañía en la polémica de Napster, comprobamos atónitos sus patéticas maniobras de enriquecimiento sin límites con numerosos recopilatorios, y abandonada ya toda esperanza, nos tragamos con patatas la bazofia de St. Anger. Todo esto fue demasiado. Hasta para un fan. El divorcio se consumó irremediablemente.
Death Magnetic no es una obra maestra dentro de la discografía de Metallica; sin embargo, significa (significará) mucho para toda nuestra generación de desencantados seguidores. Esta vez no necesitaremos buscar una pequeña virtud, por insignificante que sea, revolviendo entre la basura más apestosa, esta vez no tendremos que defender lo indefendible, ni tendremos que resistirnos a aceptar lo que todo el mundo ve menos nosotros. Esta vez Metallica va en serio. Este disco posee la esencia de lo que Metallica fue en el pasado y ya será para siempre, y era un bien completamente necesario, para ellos y para nosotros. Han vuelto la velocidad y los complejos y estupendamente bien entrelazados riffs, los vertiginosos solos y el bombo poderoso. Los dos primeros cortes del álbum, That was just your life y The end of the line, tienen una fuerza y una calidad que no escuchábamos desde hace más de diez años. El primer single, The day that never comes, es una balada de enorme calidad, a medio camino entre Fade to black y One, aunque obviamente no llega al nivel de semejantes obras maestras. Cyanide, la piedra angular del álbum, se encuentra a medio camino entre el Black Album y Load. All nightmare long y Broken, beat & scarred poseen un oscuro y poderosísimo estribillo. Unforgiven III cojea ciertamente, pero posee un solo de una calidad espeluznante. Y además, vuelve el corte instrumental, la gran seña de identidad de los mejores Metallica, con Suicide & redemption. Un trabajo digno, que nos hace sentir razonablemente orgullosos y nos permite mirar de nuevo cara a cara (por fin) a uno de los mayores iconos del Metal.
Siempre habrá quien ni siquiera le dé una oportunidad a este álbum. Quienes en algún momento decidisteis que Metallica no sería capaz de hacer nada destacable, que os reiréis de la edad, el ego y el alcoholismo de Hetfield, que criticaréis despiadadamente Death Magnetic sin siquiera haberlo escuchado, solamente por provenir de los “acabados” Metallica. Bien. Estáis en vuestro derecho, por supuesto. Pero esta vez, y a la vista de este disco, yo también estoy en mi derecho (¡por fin!) de dedicaros lo siguiente, con una sonrisa de satisfacción en la cara: esta vez, que os jodan.
...James Hetfield y Kirk Hammett soltaron sus muñecas en los riffs de guitarra para demostrar que, lejos de hacerlo con sus últimos discos, Metallica se gana a sus seguidores a base de buenos conciertos.
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...mientras sobre el escenario se interpretaba el archiconocido Master of puppets, junto a la valla se agolpaba más de un millar de seguidores sin entrada.
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...Harvester of sorrow y Seek and destroy levantaron aullidos de emoción entre el público, y el espectáculo pirotécnico de llamaradas y fuegos artificiales contribuyó a fijar el recuerdo de una actuación más que memorable...
...Hetfield es un tipo que, en las distancias cortas, impone casi más que subido a un escenario.
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"¿Todos los periodistas que estáis aquí sois de medios rockeros?". "Sí", mentimos algunos para no alterar a la fiera.
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...da la impresión de estar en esa etapa en la que ha conseguido encerrar bajo llave a alguno de los muchos demonios que le acechan.
[...]
...El público, claro, encantado. Sonaron Enter sandman, One, Seek and destroy (con la que cerraron un concierto de más de dos horas) o los más de ocho minutos de Master of puppets.
[...]
...¿Una opinión nada interesada? La constatación de que Metallica juega en una liga muy superior a la de sus compañeros de festival (Machine Head, Within Temptation e incluso Rage Against The Machine).
Tras tres años de gira con innumerables conciertos, uno de ellos de los que no se olvidan en el festival de Woodstock 94,
Metallica se mete en el estudio para publicar el disco Load en 1996. Se trataba en principio de un álbum doble, pero prefirieron seccionarlo en dos. Su sonido había seguido evolucionando, esta vez junto con su estética, todos con el pelo corto; pero es posible que la evolución los llevara demasiado lejos; pierden el brillo, no se consigue encontrar la magia que los había llevado hasta allí, la velocidad desaparece por completo; dejan de ser el gran exponente del Heavy para convertirse en un grupo más de Hard Rock. A pesar de introducir innovaciones interesantes en su técnica, como el uso de la técnica Slide Guitar o Bottleneck Guitar (“cuello de botella” en traducción literal), y de seguir teniendo a Hammet inspirado en los solos de guitarra, el disco, aun siendo un estupendo trabajo en su estilo, sin duda, no es ni mucho menos brillante. Los mejores momentos se resumen en The Outlaw Torn, Bleeding Me, King Nothing y Thorn Within. Aparecen también algunas canciones que pretenden alcanzar al gran público, como Until it Sleeps, Mama Said y Hero of the Day (esta última bastante bochornosa), y de hecho se convierten en los sencillos del disco. Puede imaginarse que todo esto hizo tirarse de los pelos a la mayoría de los incondicionales del grupo, aunque también le proporcionó a Metallica una legión renovada de seguidores adolescentes. Al año siguiente aparece la continuación de Load, el llamado Reload. Esto sí que son los restos del naufragio: el disco es lento, aburridísimo…de lo poco que se salva hay que destacar Fuel, una estupenda canción que lo abre y que no hace presagiar el terrible desastre que se avecina después, Unforgiven II, una buena balada pero algo facilona (para ellos, se entiende), con bastante tufillo comercial, y Low Man’s Lyric, otra elaborada balada con la inclusión de un violín. También colabora Marianne Faithful en una regular Memory Remains. El resto del disco es de muy difícil digestión y de poca calidad. El grupo comienza su caída libre. Aparece en 1998 un segundo disco de versiones, Garage Inc., en donde se incluye el anterior Garage Days Revisited. Poca cosa se puede rascar para el público, pero ellos obtienen unos beneficios considerables. En 1999 aparece S&M, un disco recopilatorio con la Filarmónica de San Francisco que (con una nueva canción bastante aceptable llamada No Leaf Clover y otra horrible, Minus Human) que debe de ser uno de los discos de grandes éxitos con más ventas de los últimos años. Para acabar de enterrarse a sí mismos, se meten en una imposible batalla contra Napster, uno de los primeros programas de compartición de música por internet, que consiguen finalmente neutralizar, y de paso, cabrear a los fans hasta límites insospechados y obtener unos índices de impopularidad espléndidos. Años después abandonarían las acciones legales emprendidas, comprendiendo que les habían proporcionado mucho más mal que bien. Pero antes de ello Metallica estuvo a punto de su desintegración. El bajista Newsted, harto de la discriminación sufrida por sus composiciones y por desgaste físico, abandona el grupo en enero de 2001, y en julio de ese mismo año Hetfield tiene que ser ingresado en una clínica de desintoxicación de alcoholemia. Hammet y Ulrich consideran seriamente el fin del grupo, pero la vuelta a los pocos meses de Hetfield, aunque entre algodones, les permite continuar. La decadencia del conjunto es más que evidente en este punto. Tras un largo proceso de selección, Robert Trujillo, ex bajista de Suicidal Tendencies, entra a formar parte del grupo. El pasado en grupos de estilo hardcore de Trujillo se nota bastante en el último disco original hasta la fecha de Metallica, St. Anger, que sale a la luz en 2003. De nuevo existe una evolución, más dirigida hacia el metal moderno americano. Con un sonido muy sucio, sin filigranas de ningún tipo, y letras extremadamente agresivas (I want my anger not to control/I want my anger to be me/ I want to set my anger free), el disco parece más bien un mecanismo de autoliberación y de desahogo ante los convulsos años acontecidos desde Reload. De calidad justita, la canción St. Anger es lo más (lo poco) destacable. El disco se complementa al año siguiente con la publicación del DVD Some Kind of Monster, en donde cada miembro del grupo, y entre ellos también encontramos a Newsted y a Dave Mustaine, miembro fundador, parece ponerse delante del espejo y sincerarse ante sí mismo y ante sus compañeros. Definitivamente, es mucho más valioso este DVD para comprender la historia del grupo que el disco anterior.
A pesar de semejante penitencia, el grupo sigue sonando indudablemente bien en directo, y es así, en directo, como presentaron en Berlín y Tokio dos nuevos temas que formarán parte del nuevo álbum que Metallica prepara para finales del 2007. Una noticia que a los grandes admiradores de uno de los grupos más importantes de la escena Heavy de los últimos 20 años, si no el que más, nos hace preguntarnos si realmente merece la pena, si hay que esperar algo bueno de un grupo que lo fue todo y que debería haberse disuelto por lo menos hace diez años.
A finales de octubre de 1986, el vacío de Burton es ocupado por Jason Newsted y se graba un disco recopilatorio, Garage Days revisited, a modo de test para el nuevo bajista. Un año después aparece …And justice for all. Se trata de un trabajo con una estructura, de nuevo, similar a Master of puppets y Ride the lightning. La ausencia de Burton se nota clarísimamente, pues el bajo se encuentra completamente absorbido por el resto de instrumentos. Supuestamente esto es debido a la ausencia de Newsted en las sesiones de mezcla definitivas o quizás porque las líneas de bajo copiaban las de la guitarra rítmica, aunque las malas lenguas hablan de una declaración de intenciones sobre el nuevo bajista, algo que él mismo siempre negó. Independientemente de la marginación del bajo, se trata de un disco exageradamente complejo, letras políticas y angustiosas, con canciones más largas, riffs más complejos y variados, solos retorcidos y virtuosos, y una batería muy poderosa y más aguda. Para potenciar las altas frecuencias del bombo, Ulrich pegaba sobre él una moneda de 50 céntimos. En el disco se encuentra una espectacular One, uno de los grandes himnos del Metal de todos los tiempos, que además formó parte de la película “Johnny cogió su fusil” y supuso el primer videoclip de la banda, algo que le granjeó algunas críticas, pues el grupo se había mantenido contrario a ellos hasta ese momento; la densísima Harvester of sorrow parece referirse al alcoholismo del padre de Hetfield; sobre la canción de título ...And Justice for all, Hammet comentó, refiriéndose a su extrema dificultad:
“Un día, tras bajarnos del escenario de tocar ‘Justice’, uno de nosotros dijo ‘no vamos a tocar esta puta canción ni una sola vez más’”
Dyer’s Eve también les suponía dificultades colosales y tardó mucho en ser tocada en directo, hasta el 2004; la instrumental To Live is to die es un nuevo tributo a Burton, con algunos de los riffs compuestos por él antes del accidente, y con un pequeño poema salido también de sus manos. En conjunto, una nueva obra de referencia indiscutible, de la que Hammet sale coronado como uno de los grandes guitarristas del momento.
Tres años más tarde, tras un interminable proceso de producción conjunto con Bob Rock, aparece el disco homónimo de Metallica, que fue bautizado por sus fans como Black Album. El grupo ha cambiado de estilo: la longitud de las canciones es mucho menor, la velocidad se reduce considerablemente: la única reminiscencia thrash es el último corte, The struggle within, que de hecho parece completamente fuera de lugar; también desparece el corte instrumental. A pesar de ello, sigue siendo Metallica. Riffs muy acertados y elaborados, solos de guitarra para lucimiento de Hammet, letras más personales y atmósferas más densas construyen el álbum más vendido de toda la discografía de Metallica. Dos estupendas baladas, con un sonido más comercial, contribuyen decisivamente a ello: The unforgiven y Nothing else matters. Hay canciones que se convierten en clásicos del grupo, como Enter Sandman o Sad but true. También experimentan con nuevos instrumentos: en la intro de Wherever I may roamHetfield utiliza un sitar eléctrico. Newsted cobra más protagonismo con el bajo, y compone una genial My friend of misery. Tanto el proceso de grabación como la gira posterior al lanzamiento se recogen en “A year & a half in the life of Metallica”, un interesante documental en donde se puede observar el perfeccionismo del grupo, tanto en las grabaciones como en los conciertos, junto con las continuas disputas entre ellos y con Bob Rock. También se puede ver el accidente en el escenario de Hetfield con la pirotecnia, que le produjo quemaduras de segundo y tercer grado en el brazo izquierdo y provocó que no pudiera tocar la guitarra durante parte de la gira, siendo sustituido por John Marshall, aunque siguiera cantando. Son los mejores momentos: el disco catapulta hasta lo más alto al grupo, no sólo en ventas y popularidad, sino también como una demostración de lo que una renovación de sonido debe significar en un grupo de éxito. Metallica rebasa las barreras del Heavy y se convierte en un fenómeno de masas.
Hay algunos grupos o artistas que se pierden en el olvido (afortunadamente) tras unos pocos momentos de gloria. Otros, sin embargo, consiguen poco a poco, y por méritos propios, adentrarse y formar parte de la historia de la música y alcanzan el éxito. Pero existen los que, con su obra, dictan el camino por donde la música fluirá. Metallica es uno de esos conjuntos.
Cuando Kill ‘em allirrumpe en 1983 en las emisoras californianas, nadie podía creer que semejante disco hubiera sido publicado por cinco chavales de entre 19 y 21 años. Supone el nacimiento del Thrash, una manera completamente distinta de entender el Heavy Metal, algo que ya tímidamente habían apuntado Diamond Head y Motörhead, pero que Metallica concreta con maestría. No más rimbombancia, no más glamour. Un sonido -y unas letras- callejero y visceral que desatasca el mercado del Metal de manera definitiva. James Hetfield, Lars Ulrich, Cliff Burton, Dave Mustaine en un principio(antes de la salida del disco sería expulsado y formaría Megadeath), y Kirk Hammet muestran una gran habilidad pese a su juventud, elaborando canciones furiosas, multiestructuradas, de gran dificultad técnica, y con una velocidad diabólica.
Apenas un año después aparece el segundo largo del grupo, Ride the lightning. Todo grupo con un comienzo espectacular necesita continuidad en su segundo trabajo para ser considerado algo más que un simple pelotazo. Y este disco supone la consagración. Con un sonido más variado y progresivo, el disco posee una estructura que luego se repetirá: canciones de ritmo frenético junto con algunas lentas, densas como el plomo, y la primera de las archifamosas baladas de Hetfield, Fade to black, una de las grandes canciones de Metallica y del género, y por la que ya desde los sectores más puristas comienzan a recibir absurdas acusaciones de “haberse vendido”. Además, también incluyen su primera canción instrumental, The call of Ktulu. Su pericia comienza a alcanzar fama: sorprende la impresionante calidad de Hetfield, no como letrista y vocal, sino como guitarra rítmica; da la sensación de que podría ser guitarra solista de cualquier otro grupo sin la más mínima dificultad, ¡y encima canta!: éste es uno de los secretos del éxito de Metallica, aparte de la tremenda visión compositora de Burton, y en realidad de todo el grupo, la originalidad de Ulrich en la batería, con sorprendentes e inesperados redobles que crearán escuela, y la velocidad en los trastes de Hammet, aventajado alumno de Satriani, dominando a la perfección el tapping. Pero, aunque parezca mentira, lo mejor estaba por llegar.
Master of Puppets, publicado en 1986 por Elektra Records, es la obra cumbre, no solo de Metallica, sino indudablemente del thrash y posiblemente de todo el Metal. Steve Huey escribe: ”algunos críticos consideran Master of Puppets el mejor álbum de Heavy Metal jamás grabado; si no lo es, ciertamente se queda muy cerca”. Hay muchos motivos para decir esto. Ocho, en concreto: cada uno de los temas, en donde ninguno flaquea, con una técnica más depurada todavía, si cabe. Mejoran lo poco mejorable de sus anteriores trabajos, especialmente las letras, profundamente sentimentales, en donde tratan temas como la fragilidad, debilidad y bajeza de todo cuanto les rodea y de lo que forman parte. Comienza con una acelerada Battery para luego atacar con Master of Puppets, dos maravillas completamente inalcanzables para el resto de la escena Heavy. La enfermiza Welcome home (sanitarium) nos revela los monstruos que Goya ya nos había sugerido. Damage Inc. desata toda la frustración ante el sentimiento de indefensión. Y Orion. Burton, principalmente, Hetfield y Ulrich se sacan de la chistera una canción instrumental que convierte a Metallica en casi leyenda. Una base de bajo espectacular y una batería progresiva subyacen durante ocho minutos y medio de absoluta catarsis, en donde pueden llegar a oírse tres líneas de guitarras y un bajo solista simultáneos, con múltiples cambios de métrica a lo largo del corte, además de 3 solos de guitarra perfeccionados con una maestría incomparable por Hammet y Hetfield y un solo de bajo distorsionado que Burton se encarga de hacer sonar como si fuera de guitarra.
Un accidente del autobús de la gira europea, en Suecia, poco después de la salida de Master of Puppets, mutila trágicamente al grupo. Cliff Burton muere en el accidente y la música se queda huérfana de uno de los mejores compositores y bajistas de la época. La tristeza y desolación entre sus compañeros es total. Orion se convierte en el canto del cisne de Burton: Melodía lúgubre de su funeral, el grupo, tras decidir continuar porque consideran que así hubiera sido el deseo del difunto, no volverá a tocarla en directo completamente, hasta el vigésimo aniversario del disco, el año pasado.
Soy metálico, por mis venas corre aceite, y camino hacia la nada con una batería gastada. Soy metálico y mecánico, necesito combustible para conseguir mi propósito. Soy metálico, me marchito poco a poco disolviéndome entre la oscuridad, hasta convertirme en un ser ennegrecido. Soy metálico, y percibo impotente al maestro de marionetas manejar los hilos alojados en mis articulaciones. Soy metálico, y por dondequiera que vague doblan las campanas, en memoria de algún dios caído cuyo nombre ya nadie reconoce. Soy metálico, esclavo de mi propia ira que aprieta mi cuello hasta asfixiarme. Soy metálico y único, sin compañero de miseria cosecho solitario mi tristeza, y nada más importa ya. Es triste pero cierto, soy metálico y el alma del hombre de arena está inscrita en mi cerebro de lata.